Recién iniciado el otoño recibí, sin esperarlo, un tremendo
chaparrón que la negra tormenta que apareció de repente por el horizonte
provocó. Sin esperarla y con la velocidad del rayo lo invadió todo.
Difícilmente pude evitar el remojón, remojón que me caló hasta los huesos. Frio,
temblor, estremecimiento, desánimo… Desde entonces no entro en calor. Son
momentos complicados porque el impacto ha sido bestial, justo cuando pensaba
disfrutar de un reconfortante otoño, de sus cambios, de sus paseos, de sus
olores, de sus luces, de su colorido… justo cuando me había preparado para
vivir este bello momento, zas, llega la negra tormenta y lo oscurece todo.
Informan los que saben de esto… que pasará, pero que esta en
concreto llegó para quedarse una buena temporada, quizás, seguro, mucho más que
cualquier otra. Así que solo queda aguantar tras la seguridad que te brindan los
cristales de la ventana. Observar el negro cielo, y tras los espeluznantes
rayos sobrecogerte con el estruendo de los truenos… y esperar, esperar
cualquier grieta de color que se haga en él para salir a respirar puro, a
respirar vida y hoy, después de mucho tiempo, ocurrió; la paz interior se unió
a la paz exterior que provocaba el claro de nubes en el cielo y sin pensarlo
salí a tomar bocanadas de vida.
Con el lienzo bajo el brazo tomé el camino ilusionado, buscaba
un lugar ideal para poder realizar una bonita pintura, pero al final la obra no
resultó, lo vivido superaba lo que se podía plasmar con los pinceles; el mayor
desierto cálido del planeta enviaba unas calimas que plateaban el dorado
reflejo del sol en su retirada nocturna, por el lado contrario aparecía la
luna, llena a reventar, henchida y engalanada corría en su búsqueda, y todo
ello bajo los sones del saxo con el que un músico callejero recordaba temas inolvidables,
temas de hoy, temas de ayer, temas de siempre. Sensibilidad a la orilla del mar.
A la orilla de mi mar, con su olor a sal, a algas, a marisma… al tiempo que mis
pies sentían el fresco de la arena húmeda y mi paladar degustaba las
exquisiteces culinarias del Titi Bartolo.
Sin duda alguna un claro en el cielo que he aprovechado para
nutrir bien a mis sentidos, a la vista, al oído, al gusto, al olfato y sobre
todo al tacto, al tacto con el contacto que te ofrecen esos amigos que
decidieron acompañarte, esos amigos que siempre están ahí y con los que es más
fácil la espera de otro claro en el cielo.
Es tiempo de volver, el cielo se vuelve a oscurecer y la
tormenta amenaza de nuevo… habrá que volver a buscar el refugio que te
proporcionan los cristales de tu ventana y esperar, esperar un nuevo claro que
te permita seguir tomando bocanadas de vida.
© Alfonso Pavón Benítez
(2021)